SOAT para proteger a los animales

“Lo justo es que los propietarios de vehículos asuman una responsabilidad económica pequeña, vía SOAT, por los riesgos que puedan ocasionar a animales en vía pública”.

El domingo 16 de diciembre de 2018, de forma intempestiva, llegó Felicidad a mi vida. En este relato prefiero nombrarla desde el principio, para reflejar el sentimiento instantáneo que me generó verla. Llegó en una cobija, que luego descubrí algo ensangrentada, en brazos de la portera del edificio en el que vivo. Cecilia sabía ya de mi amor por los animales y, especialmente, por los gatos. Me buscó a mí intentando encontrar una solución a un problema del que dependía una vida.

A primera hora de la mañana, una familiar de Cecilia había llevado una gata al edificio pues la encontró abatida, a pocas calles, debido al impacto con un vehículo, seguramente con una motocicleta, según se valoró después. Esta gata, joven y callejera, cruzaba descuidada una calle durante la madrugada y no fue vista por el conductor, quien la dejó abandonada a su suerte.

Felicidad podía mover su tronco superior, pero sus extremidades inferiores estaban absolutamente inmóviles. Asumí la situación y llamé a varias clínicas veterinarias para verificar si podían atender el caso. Era domingo, lo que dificultó la tarea. La sola atención, en las clínicas disponibles, se acercaba a los cien mil pesos, sin contar los gastos que vendrían posteriormente, después del diagnóstico. Una organización animalista, a la cual contacté, me recomendó una veterinaria que atendía estos casos a un costo menor del convencional. Al llevarla a este lugar, se determinó dejarla en observación, hacer una ecografía y un análisis de Rayos X. Además, se debía hacer un análisis de sangre para determinar su estado general. Sin embargo, la gata Felicidad había perdido la suficiente sangre como para hacer que la obtención de la muestra fuera una tarea difícil. El estado del animal era malo, pero según el criterio de varios veterinarios expertos, aún era pronto para la eutanasia. Un intangible que daba esperanza era la voluntad de la gata por vivir: comía, aunque con dificultad, tomaba agua y actuaba con ternura a pesar de su circunstancia.

Tres días después la esperanza se apagó. En esos tres días, varios veterinarios se habían ofrecido a llevar el caso, sin cobrar prácticamente por sus servicios; eso sí, se tenían que considerar los insumos necesarios para salvarle la vida. Los escenarios posibles eran tres: amputación de una de las patas; cirugía de un alto nivel de detalle para intentar reconstruir su cadera y eutanasia, como última opción. Las dos primeras no garantizaban la supervivencia; solo eran esfuerzos médicos para hacer todo lo científicamente posible para salvar su vida. Lo que diferenciaba a una de la otra era la comprensión del criterio médico sobre el estado de su cadera y sus posibilidades de recuperarse, gradualmente, de la lesión provocada por el impacto. Ninguna de estas cirugías costaba menos de un millón y medio de pesos y para hacerlas era indispensable tener una muestra de sangre significativa que permitiera efectuar una prueba de compatibilidad para la transfusión de sangre. La eutanasia, aunque parecía la opción obvia, no era tan evidente. Las opciones de vivir eran pocas, pero existían. Diferentes médicos veterinarios de diversas clínicas responsables así lo hacían saber.

Felicidad no soportó más y falleció. Se hizo todo lo posible para salvar su vida. Una vida de un animal indefenso, desprotegido, que se encontró con un conductor que, por una razón u otra, decidió dejarla a su suerte después de haberla atropellado.

Tras vivir este caso, mis preguntas giraban alrededor del vacío que existe para la atención de los animales. En Bogotá, aunque existe el primer instituto público para la protección y el bienestar de los animales (“de Latinoamérica”, según destacan en la pomposa publicidad institucional), no atienden estos casos y remiten a la Policía ambiental. Con esta última entidad uno se debe comunicar por medio de la línea 123 de emergencias, y allí la respuesta es que uno se debe comunicar con el mencionado instituto de bienestar animal. El ya tradicional ping-pong al que juegan a veces las entidades públicas.

Recientemente, el representante a la Cámara por Antioquia, Nicolás Albeiro Echeverry, presentó un proyecto de ley –que ya fue aprobado en su primer debate por la comisión sexta–, según el cual “se crea un parágrafo al artículo 42 de la ley 769 de 2002, y se especifica el accidente de tránsito en animal doméstico, silvestre o en situación de abandono y se garantiza su atención por parte del soat”. Este proyecto llega a aclarar una situación que no tiene una ruta de atención definida y que, hasta ahora, depende de la buena voluntad del conductor implicado o del tenedor de la mascota. En la práctica, el proyecto de ley propone que el 1% del SOAT cree una bolsa nacional para la atención de estos casos.

La agremiación de aseguradores colombianos, Fasecolda, afirma que esto anticiparía una crisis en el SOAT, que ya se ve venir por el incremento de motos, que tienen mayor riesgo de accidentalidad, con relación a los vehículos, lo cual está perjudicando el sistema. Aunque comprensible, dicha crisis debería tener sus propias soluciones y no debería mezclarse con la propuesta para garantizar la protección de los animales.

Lo justo es que los propietarios de vehículos asuman una responsabilidad económica pequeña, vía SOAT, por los riesgos que puedan ocasionar a animales en vía pública. Esto debe ser complementado con campañas pedagógicas para conductores, de manera que actúen con responsabilidad ante estos casos, y con los tenedores, para que no pongan en riesgo la vida de sus mascotas con actitudes irresponsables y asuman las consecuencias en caso de descuidos de su parte. Este proyecto significa un avance en las políticas para el bienestar animal y una apuesta por la atención responsable, que llega a suplir un vacío en la ruta de atención actual. Pienso que, tal vez, si este proyecto ya fuera una ley, probablemente el conductor de aquel domingo de diciembre hubiese preferido llamar a su aseguradora y atender el caso, en vez de dejar a Felicidad en la calle, perdiendo sangre, haciendo imposible salvar su vida.

Columna publicada originalmente en el periódico El Mundo de Medellín, el 3 de julio de 2019.

Fotografía: torange.biz

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