Unicornios, economía y ética

“… En medio de los aplausos, el crecimiento y los reconocimientos, algunas preguntas sobre la ética de esta plataforma quedan en el aire”.

Los gigantes tecnológicos controlan el mercado global y movilizan el crecimiento económico. No hace falta ser un experto para notarlo. Apple, Google, Amazon, Microsoft, Samsung o Facebook son algunas de las empresas más grandes a nivel mundial que movilizan significativas proporciones del Producto Interno Bruto (PIB) de sus países de origen y de otras economías en las que tienen apuestas importantes. La importancia de estas empresas, en un mundo conectado y tecnológico, tiende a incrementar aún más y por eso Colombia no debería quedarse atrás en ese camino.

En este sentido, el Presidente de la República, Iván Duque, anunció para esta semana la primera visita de un primer mandatario colombiano a un escenario de importancia global, como lo es Silicon Valley en California, Estados Unidos. “Estamos yendo para mostrar los programas de emprendimiento, de emprendimiento digital, de industrias creativas, de Economía Naranja en nuestro país. Y vamos a invitar para que venga más inversión”, afirmó Duque, en un mensaje que genera expectativas sobre las oportunidades que podría aprovechar Colombia en estos temas y la inversión educativa y tecnológica a la que deberíamos apostarle como país, de forma más decidida, para no descuidar la importancia de este sector para el desarrollo.

Sin embargo, y aún sin esa capacidad instalada necesaria, ya tenemos aquí importantes emprendimientos tecnológicos que no deberíamos desconocer y que están teniendo un alto impacto en la economía. Es más, Colombia ya cuenta con su propio “unicornio” (denominación que se le da a una startup valorada en más de US$ 1.000 millones), que es un ejemplo de crecimiento a nivel global. Se trata de Rappi, empresa colombiana con presencia en varios países de Latinoamérica y que se presenta como una plataforma que conecta a “consumidores” con “mandatarios”.

Aunque es realmente difícil que alguien no conozca ya esta plataforma, en esencia, podríamos decir que se trata de un puente que une a personas que necesitan un bien o servicio con otras personas que están dispuestas a llevar este bien hasta la dirección indicada por el consumidor –en términos coloquiales, hacer un domicilio–, o bien, prestar un servicio –comprar el mercado o hacer un mandado específico. Rappi, por lo tanto, aunque ofrece productos y servicios de mensajería, lo que en realidad vende es tiempo… el mismo que las personas ganan para que puedan hacer otras cosas mientras otros se encargan de comprarles su mercado o su comida, o hacerles una diligencia.

La idea es estupenda y la ejecución de la misma es altamente práctica, muy consciente de las necesidades del mercado actual donde el tiempo es un bien escaso. Destacados fondos de inversión ya han apostado por esta plataforma, el más reciente, SoftBank Group Corp., quien anunció una inversión de hasta US$ 1.000 millones para acelerar el crecimiento de esta compañía en la región. Sus resultados son increíbles y su CEO y fundador, Simón Borrero, en entrevista con La FM, habló sobre el impacto de este negocio en la economía colombiana y su propósito de acelerar el crecimiento económico, a pesar de los cambios políticos que afectan a este tipo de emprendimientos.

En general, la opinión pública y los sectores empresariales destacan a Rappi como un caso de inmenso éxito e impulsan a otros emprendedores a que desarrollen iniciativas como esta. Nadie pone en duda que se trata de una apuesta innovadora con alto impacto en la economía. Sin embargo, en medio de los aplausos, el crecimiento y los reconocimientos, algunas preguntas sobre la ética de esta plataforma quedan en el aire o pasan a un segundo plano, lo cual representa serios lunares en su modelo. Y no es exclusivo de esta empresa, Facebook y su lío con el manejo de datos personales, Google y el monopolio global, Samsung y los escándalos por copia… casos que plantean interrogantes importantes sobre este tipo de emprendimientos.

Centrándonos en el caso colombiano, mientras Rappi crece a pasos agigantados, queda cierto malestar con relación a su esquema de funcionamiento y su eslabón más débil en la cadena: los “mensajeros” o “mandatarios”, como los llama la plataforma en su información legal. Según Rappi, el mandatario es una “persona natural que acepta realizar la gestión del encargo solicitado por el Consumidor a través de La Plataforma, por cuenta y riesgo propio” (resaltado mío). Y basta con leer esta definición para que nuestro unicornio colombiano ya no luzca tan bonito.

Cada uno de los mensajeros, que representan la fuerza de trabajo esencial de Rappi y que significan parte de su reconocimiento como marca, básicamente “firman” un contrato, no con la plataforma, sino con cada consumidor que solicita sus servicios. La plataforma se considera, simplemente, como un puente. Por eso, sin reparos, afirman que cada mensajero hace esto por su cuenta y asumiendo sus propios riesgos. No hay contratos laborales con la empresa, no hay seguros… No importa si los medios de transporte de estos mensajeros, esencialmente bicicletas, están en buen estado, si usan casos o, al menos, si respetan las señales de tránsito. No importa si les pasa algo en el recorrido. Y aquí, se encuentra un profundo vacío en el impacto social de esta empresa. ¿Cómo atienden su eslabón más importante y el más débil?

Para Rappi, simplemente, y de nuevo de acuerdo a sus términos y condiciones (que nadie lee), “es claro para el Consumidor que la relación contractual que se puede llegar a generar por el uso de La Plataforma no vincula de ninguna manera al Operador. Lo anterior, puesto que la relación contractual será directamente con el Mandatario, y consistirá en un contrato de mandato remunerado celebrado por medio electrónicos, en el que el Consumidor es el mandante”.

Por eso no existen políticas de bienestar para los mensajeros de Rappi. Por eso no se invierte realmente en mejorar radicalmente las condiciones de este grupo de mensajeros, muchos de ellos venezolanos sin más posibilidades económicas. Por eso uno ve las calles de Medellín o Bogotá repletas de estos jóvenes, esperando quién “los contrate”. Por eso este modelo es cuestionable.

De todo esto, conviene reflexionar sobre lo siguiente: es fundamental que en Colombia no nos quedemos atrás en la participación en el sector de la tecnología, pues es fundamental para garantizar nuestro crecimiento económico en el corto y mediano plazo. Pero, ¿por qué estos emprendimientos crecen a costa de unas precarias condiciones laborales para los eslabones más débiles? Muy bien que tengamos jóvenes y exitosos empresarios, pero ¿no quedan acaso serias dudas en aspectos éticos?

Columna de opinión publicada originalmente en el periódico El Mundo de Medellín, el 8 de mayo de 2019.

Foto de Felipe Balduino en Pexels.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s