El país de las malas contradicciones

El problema en Colombia es que las contradicciones rompen con la lógica y se convierten en ironías trágicas de nuestro día a día.

Las contradicciones hacen parte de la vida humana. En medio de nuestra naturaleza errática, a veces actuamos de formas que nada tienen que ver con lo que pensamos o, simplemente, decimos algo con lo que después no estamos de acuerdo. Hace parte de nuestra misma evolución en el pensamiento que en un momento determinado de nuestra vida tengamos unas posturas y en otro momento, a partir de otras experiencias, de otros conocimientos, pensemos de una manera distinta.

Empiezo con estas reflexiones porque se tiende a pensar que las contradicciones, per se, son negativas, cuando en realidad hacen parte de nuestra vida cotidiana y, antes bien, pueden ser un motor para el análisis y el desarrollo. El problema en Colombia es que las contradicciones rompen con la lógica y se convierten en ironías trágicas de nuestro día a día; realidades absurdas que minan nuestra confianza en el otro y, por tanto, destruyen nuestras oportunidades de establecer relaciones respetuosas, distanciadas del prejuicio y que, en definitiva, posibiliten la construcción de un propósito colectivo.

En las últimas semanas, diferentes hechos relacionados con funcionarios públicos o partidos políticos se convierten en evidencia de esas malas contradicciones que refuerzan la desconfianza en las instituciones y disminuyen la voluntad de participar en el ejercicio político, al fortalecer los imaginarios de corrupción, mentiras y trampas en lo público.

Para empezar, la investigación y detención preventiva del exsecretario de seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, por su presunto concierto para delinquir agravado, relacionado con el establecimiento de contactos con agrupaciones criminales y cabecillas de organizaciones delincuenciales a quienes se les pudo haber entregado información privilegiada. ¿La autoridad de la seguridad en Medellín capturada por posibles vínculos con la ilegalidad?

Y no solo eso, de acuerdo con diversas investigaciones periodísticas, de forma paralela a esos contactos sostenidos por el entonces Secretario de Seguridad, en Medellín se preparaba un proyecto para el sometimiento a la justicia de bandas criminales, fundamentado en los Acuerdos de La Habana y, curiosamente, impulsado por el Centro Democrático. El partido político que se jacta de que en caso de llegar al poder echaría tierra a los Acuerdos de Paz con las Farc, ¿los utiliza como modelo y base para construir un proyecto de ley de sometimiento a la justicia para bandas criminales?

En la escala nacional, el fiscal Gustavo Moreno, director de la Unidad Anticorrupción de la Fiscalía, es solicitado en extradición por Estados Unidos por el delito de conspiración para lavar activos destinados a sobornos; es decir, podría ser extraditado por corrupción. ¿El fiscal anticorrupción corrupto?

Ante un panorama tan desalentador, ¿cuánta falta nos hace la decencia en nuestro país? ¿Qué podemos hacer como ciudadanos para impedir que esto siga ocurriendo? Se vienen momentos cruciales para nuestro futuro como nación; ojalá estemos a la altura de las circunstancias.

Nota de cierre: cuánto bien le haría al país que para las próximas elecciones se realizarán unas campañas políticas decentes. Decencia… cada vez que leo, escribo o pienso en esta palabra, viene a mi mente el recuerdo de Carlos Gaviria Díaz.

Foto: Fiscalía General de la Nación (Wikipedia).

Columna publicada originalmente el 15 de julio de 2017 en el periódico El Mundo

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