Yo pacto por la no violencia

Acostumbrados a resolver “a las malas” y a que el que hable más duro es el que mejor se hace entender, nos encontramos con una paz incompleta…

¿A veces me pregunto si los colombianos estamos predispuestos a actuar de forma violenta? Hace pocos días, un ciclista le recriminó airadamente a un taxista por haber frenado de forma intempestiva en la vía para recoger a un pasajero. El ciclista, furioso, se acercó a la ventana del conductor a recriminarle agresivamente por su falta de precaución en la vía. El taxista, también con actitud grosera, respondió con gritos y manoteos que terminaron en la exhibición de una navaja enorme con la que amenazó al ciclista que ya estaba proponiendo pelea. Obligado por su pareja, el ciclista siguió su recorrido y el taxista, sin poner en marcha su vehículo, criticaba que “ahora cualquiera viene a ‘braviarlo’ a uno”.

Escenas como la anterior nos pueden impactar, pero no nos sorprenden porque son cotidianas y, perfectamente, pueden hacer parte de la selección de ‘colombianadas’ que nos reflejan una parte de lo que somos… una parte oscura y altanera, grosera y orgullosa, que no admite que nadie “me bravee” y que responde a un acto patán con una patanería mayor.

Nuestras redes sociales, nuestros líderes políticos e, incluso, nosotros los periodistas, también somos el reflejo de estas conductas rencorosas que generan unos círculos de violencia sinsentido y sinfín. Por eso en estos momentos cobra tanto sentido el llamado que lidera el ex jefe negociador del Gobierno con las Farc, Humberto de la Calle Lombana, para lograr un Pacto por la no violencia en Colombia.

Después de terminar el conflicto armado con el grupo guerrillero que se había convertido en el enemigo número 1 de los colombianos en los últimos años, ahora por fin le vemos la cara a otros problemas y nos encontramos con la incapacidad que tenemos para convivir respetuosamente. Acostumbrados a resolver “a las malas” y a que el que hable más duro es el que mejor se hace entender, nos encontramos con una paz incompleta, porque resulta que los únicos violentos no eran los que tenían las armas y estaban en el monte.

No solo se trata de la violencia cotidiana, reflejada en anécdotas como la del taxista y el ciclista, sino también de la violencia que se exacerba desde la política y que promueve fanatismos donde solo hay una forma correcta de entender el mundo, o autoritarismo en los solo se hace lo que una persona diga. Una violencia que promueve el odio que nos sigue dividiendo en bandos que no pueden dialogar sino enfrentarse. Un escenario donde no hay oportunidades para la reconciliación, sino para la venganza.

“El fin del conflicto es apenas el comienzo para un país en paz”, decía Humberto de la Calle cuando se estaban finalizando las conversaciones con la guerrilla, a principios de 2016. Hoy, ese mensaje es evidente en la realidad y su invitación a construir un país donde quepamos todos es más que necesaria. Por eso, me uno a su #PactoPorLaNoViolencia.

Nota de cierre: ¡tanto bien le hace a nuestro país un humanista en época preelectoral! Más allá de las firmas, de las acusaciones de un lado y del otro, o de las reuniones multitudinarias para engrasar las maquinarias, un precandidato se propone ponernos a conversar sobre la no violencia y la responsabilidad que tenemos con nuestro país. Ojalá su voz sea escuchada en medio de tanto ruido.

Columna publicada originalmente en el periódico El Mundo de Medellín, el 29 de julio de 2017. 

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