¡Leer ha cambiado!

Leer hoy también es coger el periódico en una sala de espera, ver las películas con subtítulos, disfrutar de los cómics o detenerse en algún poema encontrado en una red social….

Nunca se ha leído tanto en la historia de la humanidad como se lee ahora. Empiezo parafraseando a Jesús Martín Barbero, quien en una entrevista en 2005 hacía esta afirmación refiriéndose no solo a la gran cantidad de libros que se venden en la actualidad, sino también a las múltiples posibilidades de lectura a las que las personas tienen acceso.

Aunque a veces pensamos –no con poca razón–, que la tecnología y sus múltiples aparatos (destacándose entre estos los teléfonos inteligentes) solo sirven para “idiotizarnos”, la otra cara de la moneda nos muestra que gracias a estos dispositivos y a la Internet, hoy tenemos un universo de contenidos a nuestro alcance que pasan por las noticias compartidas en Facebook, las recetas de cocina en Instagram, las declaraciones de los grandes líderes mundiales por Twitter o las cadenas de WhatsApp que ya no solo circulan mentiras, sino recomendaciones literarias, fragmentos de poemas o discursos memorables. Esto, sin contar los innumerables libros de circulación libre que se pueden descargar gratuitamente.

Esto no siempre fue así. Históricamente, el acceso a la cultura y al conocimiento ha sido utilizado como medio de exclusión para privar a ciertos sectores sociales de las oportunidades que se crean con la educación o con el reconocimiento de otros mundos… de otras ideas que se hacen posibles por medio de la lectura. El mismo Jesús Martín Barbero recuerda que “cuando América Latina se independiza vamos a tener una visión de que las mayorías no son para leer; las mayorías, habitan sus culturas y la que tiene que saber leer porque es la que tiene saber hablar y escribir, es la minoría que va a gobernar. Entonces, la ciudad letrada ha sido la ciudad que consagra la exclusión…”.

De esa visión excluyente de la cultura y, especialmente de la lectura, aún no nos hemos librado completamente. Ante el inminente acceso libre a múltiples contenidos, sumado a la posibilidad de casi cualquier persona de no ser solo lector sino también creador de contenidos, ahora las críticas transitan por la calidad –siempre tan subjetiva– y el casi exclusivo reconocimiento de las lecturas edificantes o “liberadoras” –aquellas que requieren un nivel de atención y de comprensión que no se adquiere de la noche a la mañana– como únicas formas válidas de lectura que aporta al individuo y a la sociedad.

Dicho de esta manera, para cierto sector de la cultura los “lectores” siguen siendo una élite mientras el resto de personas simplemente decodifican mensajes escritos en letras, por tanto, no se reconocen como lectores y mantienen en sus mentes los estereotipos escolares creados a partir de prácticas tan contraproducentes como la lectura obligatoria de libros que son “muy importantes para nuestra historia”, pero que resultan ininteligibles y hasta repelentes a ciertas edades. Se crea el imaginario de que leer es solo sentarse en una biblioteca o en un recinto de estudio silencioso y solitario, acompañado de un libro que puede provocar más de un bostezo por minuto y que le puede hacer llevar a uno las manos a la cabeza de la desesperación con cada frase, a cada hoja que medio intenta digerirse.

Leer hoy también es coger el periódico en una sala de espera y darle un vistazo a las noticias o a columnas como esta, es ver las películas con subtítulos, disfrutar de los cómics o detenerse en algún poema encontrado en una red social desde una tableta. Tal vez, si desmontamos ese pedestal de lo que significa ser lector y lo que es la lectura, más fácilmente logremos que este acto pase de ser una obligación a un entretenimiento. Ya sucede en la cotidianidad, muchas personas leen sin saber que lo hacen y por esos viejos prejuicios se acongojan a la hora de dar un paso más profundo hacia otras lecturas. En un texto sobre Gabriel García Márquez, Piedad Bonnett recuerda que el Nobel, “propuso con humor que a la buena poesía solo se llega por la mala, la que a uno le gusta en el bachillerato cuando está enamorado”.

No importa por donde llegamos a la lectura, pero que lleguemos a ella y que sea algo que nos pase, que nos toque, en lo que reincidamos, es una gran noticia… una noticia que merece ser contada. #LeeLoQueQuierasPeroLee

Columna publicada originalmente en el periódico El Mundo de Medellín, el 10 de agosto de 2017.

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