La solidaridad, no solo entre personas sino entre naciones, contribuirá a hacer de esta crisis una nueva oportunidad para la unidad.

La humanidad camina a tientas en la oscuridad. Todos con temor a resbalarnos a cada paso. A escala de países, algunos transitan guiados por los aprendizajes de quienes más han sufrido por esta pandemia hasta ahora, que son aquellos que han tenido que improvisar soluciones por ensayo y error y cuyas consecuencias a largo plazo aún no se conocen plenamente. Otros, no han querido ver las advertencias, han seguido su propio instinto y ahora asumen el costo de sus decisiones, como es el caso de Estados Unidos, país que desde el 11 de abril de 2020 lidera las cifras de contagios y las muertes en el mundo, luego de que su Presidente, Donald Trump, fuera reacio a la idea de cancelar vuelos, evitar concentraciones o aislar a las personas.

Nuestro mundo recorre caminos insospechados, inciertos, intransitados. Las decisiones que se tomen hoy serán las bases que cimentarán la realidad que viviremos en unos meses y, también, marcarán el ritmo de la rapidez con la que podamos salir de la crisis provocada por el coronavirus. Todos perderemos algo, pero a todos nos golpeará de formas distintas.

Hasta el momento, las medidas más efectivas para hacerle frente al virus han sido el aislamiento social, el estricto cuidado de la higiene personal y la realización de pruebas masivas. El confinamiento ha mostrado buenos resultados en la prevención del contagio, aunque también ha minado duramente a la economía global. Tanto así, que desde el mismo Fondo Monetario Internacional ya hablan de una recesión “tan mala o peor que la del 2009”.

Un repaso al fenómeno global y al caso de América Latina

El filántropo Bill Gates, anunciaba recientemente en una entrevista para TED, que le preocupaba especialmente el impacto que esta crisis puede tener en los países en desarrollo. Estos países, entre los que se encuentra Colombia, no solo tienen sistemas de salud menos preparados para hacer frente a la pandemia, sino que también sus sistemas económicos y sociales ya afrontan debilidades en materia de desigualdades y dependencia del empleo informal, lo que incrementa el riesgo del aumento de la pobreza y la pobreza extrema. Esfuerzos de años en estos frentes pueden venirse abajo.

Un reciente informe, publicado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), dejaba claro que estábamos ante “una situación de economía de guerra (donde es) indispensable el rol del Estado y no del Mercado, por ello, los Estados están asumiendo un papel central para suprimir el virus y los riesgos que afectarán a la economía y a la cohesión social”.

La CEPAL también destaca en su informe que aplanar la curva de contagios no debe llevar a aplanar la economía. De acuerdo con esta comisión, esto implica que haya “un cumplimiento estricto y efectivo de las cuarentenas y las medidas de salud pública”, pues estas serán el mejor mecanismo para reducir los costos económicos asociados a la pandemia. Pero, ¿cómo mantener una economía a flote en un estado de confinamiento? ¿No es un aislamiento obligatorio, prolongado en el tiempo, algo insostenible?

Algunos países como Holanda, han intentado relajar la cuarentena, manteniendo tasas de contagio muy por debajo de España o Italia, pero con ligeros repuntes. Según relata el medio RTVE de España: “Holanda optó por lo que llaman “cuarentena inteligente”, un cierre solo de aquellos negocios en los que sea imposible mantener la distancia social. Casi toda la responsabilidad la cede a la autodisciplina de sus ciudadanos”. En Suecia han ido más allá y han señalado que “no hay confinamiento y confiamos mucho en que las personas asuman la responsabilidad”.

En América Latina, por su parte, donde la disciplina colectiva no es tan sólida, la mayoría de países iniciaron su cuarentena a mediados o finales de marzo y, de momento, la han extendido, por lo menos, por una semana más, hasta las últimas dos semanas de abril. Pero, ¿qué puede venir después? Antes de responder esto, conviene recordar que el confinamiento ha sido aplicado no solo con el propósito de reducir al máximo el contacto entre las personas y con esto los contagios, sino también con el ánimo de ganar tiempo, preparar los sistemas de salud lo mejor posible y, en el sentido ideal, hacer la mayor cantidad de pruebas posibles con el propósito de rastrear el virus y bloquearlo, aislando a solo aquellos que estén contagiados.

Una mirada particular a nuestro país

En el caso de Colombia, apenas la semana pasada se recibieron los test rápidos para identificar el virus que, en todo caso, no ofrecen toda la confiabilidad de una prueba de laboratorio, pero ayudan a identificar casos con mayor rapidez. Por su parte, algunas ciudades se preparan más ágilmente que otras para hacerle frente a una nueva etapa, con más camas de cuidados intensivos disponibles, ventiladores y accesos masivos a tapabocas e insumos médicos. Porque, como ya lo advirtió el Presidente de la República, Iván Duque, tendremos que convivir con el virus por un buen tiempo.

Dado que el confinamiento es la mejor directriz hasta ahora, los organismos deben tomar determinaciones para enfrentar sus consecuencias. En países como el nuestro, donde la desigualdad, medida con el índice de GINI, es una de las más altas de la región y la población en pobreza extrema y pobreza (monetaria) alcanza al 35% del total nacional, la priorización de la atención a este sector de la sociedad se convierte en una prioridad incontestable para asegurar el éxito de la cuarentena. Esto implica, no solo atender a la población ya beneficiada con subsidios, sino incrementar la escala de estos programas, como se ha venido haciendo en los últimos días. Es necesario llegar hasta las banderas rojas en los barrios populares para ofrecer alimentación, conexión a servicios públicos básicos y apoyos en arriendos. La mirada vigilante de los órganos de control se hace aún más necesaria, no solo en las capitales, sino también en las regiones. La solidaridad, la filantropía y las acciones del sector privado, coordinadas con el sector social, también jugarán un rol muy importante. Las donaciones de pesos pesados como la Fundación Santo Domingo, que anunció la donación de 100.000 millones de pesos; Luis Carlos Sarmiento Angulo, quien anunció 80.000 millones de pesos y los propietarios del Grupo Bolívar, quienes donarán 75.000 millones de pesos, son muy buenas noticias para todos.

Por su parte, el sector empresarial, desde las MiPyMes hasta los grandes grupos económicos, requerirán de incentivos para aliviar su carga. La intervención del Estado será fundamental. El economista, Armando Montenegro, destaca en una de sus columnas recientes que “según los distintos modelos, cada una de las decisiones que tome el gobierno en los próximos meses tendrá enormes consecuencias en materia del número de infectados, muertos, quiebras empresariales, desempleados y pérdidas del PIB, el país debe conocer su justificación y sus implicaciones. Una claridad compartida sobre estos asuntos puede hacer que se entiendan los inevitables sacrificios humanos y económicos que se van a asumir y, ojalá, se logre un cierto consenso sobre el mejor camino a seguir”.

El citado informe de la CEPAL propone, entre otras, desde subvenciones y subsidios, hasta aplazamientos en pagos de impuestos y créditos con tasas de interés muy bajas o inexistentes, dependiendo del caso. En Colombia se han venido tomando medidas, como la suspensión de los pagos de los aportes a pensiones por tres meses y las líneas de crédito. Aún así, será necesario apoyar especialmente a los sectores más afectados, como la construcción, el transporte, el turismo, las actividades culturales, otros servicios como las empleadas domésticas o las estilistas, y el comercio… este último sector, que había jalonado el crecimiento económico en los últimos periodos.

Además, con pruebas masivas disponibles y protocolos estrictos, muy probablemente llegará una estrategia tipo acordeón frente a los aislamientos, como proponía la experta Zulma Cucunubá, citada por el analista Ricardo Ávila. En esta estrategia, la sociedad se contrae por momentos y se relaja parcialmente, con medidas que buscan cierta normalidad en términos laborales y no tanto sociales. Esta estrategia deberá definir horarios diferenciados para evitar colapsos en los sistemas de transporte, sectores económicos priorizados y no podrá relajar en absoluto las restricciones a los eventos masivos.

Pero, ¿de dónde saldrá la plata para todo esto? El ganador del denominado “Premio Nobel de Economía”, Joseph Stiglitz, en su libro llamado La economía del sector público plantea sobre la financiación mediante déficit que “cuando el Estado se endeuda, traslada la carga de la reducción del consumo a las futuras generaciones. (…) La producción disminuye en el futuro como consecuencia de la reducción de la inversión. Pero además, se traslada una parte de la carga del gasto actual”. Stiglitz muestra como ejemplo el caso de la Segunda Guerra Mundial, para el que fueron las generaciones que empezaron a trabajar después de la guerra las que terminaron pagando los costos.

Un caso muy similar pasará ahora con el covid-19. Algunos impuestos a empresas y personas se suspenderán o tendrán que reducirse, mientras los subsidios aumentan. La deuda pública incrementará y los efectos a largo plazo costarán años de recuperación. Los organismos multilaterales jugarán un rol muy importante, también, a la hora de acompañar a las naciones, sobre todo con los créditos de bajos intereses y la inversión social y de impacto después de superar la etapa más difícil de la pandemia.

La solidaridad, no solo entre personas sino entre naciones, contribuirá a hacer de esta crisis una nueva oportunidad para la unidad.

Análisis publicado originalmente el 16 de abril de 2020 en el periódico El Mundo de Medellín.

Imagen: Banco de la República de Colombia