El valor de la vida

El pasado sábado 02 de mayo, al caer la noche, la avenida El Poblado en dirección norte-sur estaba atestada de vehículos casi desde la calle 30 hasta una cuadra antes de la 10, donde reposaba un vehículo Renault Logan con cerca de cinco disparos en su ventana trasera del costado izquierdo. Al lado del vehículo una motocicleta estaba tirada en el piso. La escena estaba acordonada con la tradicional cintilla amarilla y rodeada por agentes de la Policía y el CTI. Por supuesto, la calle estaba completamente cerrada para realizar la investigación en la escena.

Para ese momento fueron desconocidos para mí los hechos ocurridos en aquella avenida por la que se movilizan tantos vehículos, y más aún en un fin de semana. Estaba consternado pues lo primero que pensé fue en un intento de asalto en el que la víctima resultaba asesinada por “no cooperar”, por decirlo de manera coloquial, aunque no menos irónica.

Luego, por medio de las redes sociales, descubrí que se trataba de la muerte violenta de un fletero que intentó robar a dos hombres que, justo, eran agentes de policía encubiertos, quienes realizaban patrullaje sin distintivos, precisamente como una forma de pasar desapercibidos.

Debo confesar que en ese momento sentí una leve sensación de alivio que luego mutó en la vergüenza al ver los múltiples comentarios en redes sociales que celebraban la muerte del fletero, al punto de las carcajadas, acompañada por la tradicional frase: “el que a hierro mata, a hierro muere”. Aún hoy, siento vergüenza por esa reacción mía de relativa tranquilidad.

No se trata de una defensa al fletero, quien incluso encañonó al policía de civil por robarle una cadena, con lo cual amenazó con quitarle la vida; tampoco se trata de una condena al agente por desenfundar su arma y defender su integridad; no es, ni mucho menos, una justificación al robo, ni una apología al delito. Es la reflexión de que en nuestra visión como sociedad colombiana, el valor de la vida tiene categorías y la de unos vale más que la de otros, lo cual, como humanidad, no debe más que representarnos una profunda vergüenza.

La vida es un derecho universal, que cobija al delincuente y al jurista; al tendero y al empresario; al periodista y al chismoso. Insisto, no se trata de condenar la acción del policía, pues incluso, el fletero fue trasladado a la Clínica Medellín donde murió. No. Se trata de condenar que celebremos, festejemos con bombos, platillos, carcajadas y vivas, la muerte de otro ser humano, independientemente de su condición.

Por supuesto, es necesario revisar nuestro contexto y entender que estamos ante una justicia, en muchos casos leguleya, que carga con imaginarios de inacción, displicencia y, por más paradójico que suene, de injusticia. Ni qué decir del papel de las autoridades que parecen considerar un robo como algo tan natural como la caída de una hoja de un árbol. Por eso “los muchachos” de los barrios pueden cobrar a sus anchas cuotas para “la seguridad” de la casas y negocios.

Pero, por más que se pueda entender ese contexto, nuestra demostración más digna de humanidad es la de no celebrar la muerte violenta de otro ser humano, independientemente de si es el ladrón o la víctima. No es fácil, pero nuestra responsabilidad humana exige sentir la misma compasión por la muerte violenta de un asesino como por la de un defensor de la vida.

No se trata, reitero para los radicales, de homenajear al fletero, más sí de respetar su dignidad como humano… la misma que no pierde por empuñar un arma, independientemente de si lo hace para defender a la patria o para robar a otra persona. Estamos en la conmemoración de “Mayo por la vida”. Qué importante sería que este mes nos dejara el mensaje a todos de que la vida de todos vale lo mismo.

Nota de cierre: “Mayo por la vida” es una especial forma de homenajear a grandes líderes de la Noviolencia que lo fueron Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri. Si queremos que vivan, aún después de la muerte, su legado y su mensaje deben habitarnos.

Columna publicada originalmente el 7 de mayo de 2015 en el periódico El Mundo de Medellín.

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