¡Implacables!

“¿Puede alzar la mano quien a los 22 años no cometió un error o hizo algo que luego lamentó?”. Esta frase es pronunciada en una conferencia de TED por Mónica Lewinsky, la recordada exbecaria de la Casa Blanca quien sostuvo un romance en 1996 con el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, lo que puso en el ojo del huracán no solo al primer mandatario, sino también a aquella joven que se reconoce como “la paciente número cero en perder de forma casi instantánea la reputación personal a escala global”.

En esta conferencia que se puede consultar gratuitamente en el sitio web de TED, Mónica Lewinsky se basa en su experiencia personal, en la que “fui vilipendiada como golfa, fulana, puta, zorra, guapa tonta, y, por supuesto, como ‘esa mujer’”, para poner de manifiesto una situación que se ha hecho mucho más común con el fortalecimiento de la Internet y el surgimiento de las redes sociales, se trata de la humillación pública masiva; ahora, por medio del “ciberbullying” o acoso cibernético.

Recientemente, en nuestra ciudad, una mujer joven cometió el gravísimo error de salirse de sus casillas e irrespetar y maltratar física y verbalmente a servidores públicos. Todo esto, al parecer, relacionado con una situación aún más grave en la que su padre, el conductor del vehículo en el que se movilizaban, no presentó una prueba de alcoholemia, de lo que se aduce que presentaba estado de alicoramiento, y además conducía sin licencia.

Pero quizá, el motivo más destacado para convertirse en un resonado caso en la opinión pública y los medios, es el uso de la frase “usted no sabe con quién se está metiendo”, una variación de aquella popular frase “usted no sabe quién soy yo”, muy utilizada en Colombia como una forma de amenaza asociada al poder.

Más allá de reflexionar sobre esta frase y lo que muestra de nuestra sociedad colombiana, conviene ponerse en los zapatos de las dos personas, especialmente la joven, que hoy han pasado del anonimato al escarnio público. Seamos explícitos con la palabra: sufren de una humillación pública avivada por las redes sociales, en las que ya se comparte a diestra y siniestra el nombre, anterior lugar de trabajo y perfil personal de Facebook de la joven protagonista de este capítulo en nuestra sociedad líquida del espectáculo.

Por supuesto, la mujer y su padre cometieron errores que de acuerdo con la legislación se convierten en delitos, sobre los cuales recaen unas penas que son condenas asociadas a sanciones económicas y, de acuerdo con las revisiones legales del caso, incluso hasta privativas de la libertad. Sin embargo, en ningún punto de estas leyes, en ningún capítulo de nuestra Constitución, se habla de la pérdida de sus derechos humanos fundamentales, especialmente el de la dignidad.

En las redes sociales, estas dos personas se han convertido en el “hazmerreír” del pasado fin de semana. En este mundo digital, somos implacables, nos sentimos imponentes y olvidamos que detrás de la pantalla, en el video, en la foto de perfil, lo que hay es otra persona, insegura, con defectos, con posibilidades de errar. Y, por supuesto, no tardamos en someter esta exposición sin tapujos a una humillación que marca la vida de una persona para siempre.

La dignidad de una persona es mucho más valiosa que cinco minutos de “diversión” o que veinte mil “me gusta”. Nos jactamos de “civilizados” pero nuestra humanidad sigue sin evolución aparente. Después de lapidaciones como las ocurridas el sábado 14 de junio de 2015 y sus días siguientes, queda el sinsabor de Enríque Santos Discépolo en “Cambalache”: “que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 510 y en el 2000 también”.

Según cifras reveladas por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Fundación Telefónica, el 55% de los jóvenes latinoamericanos han sido víctimas de ciberacoso. En el caso particular de Colombia, el Ministerio de Tecnologías de la Información y la Comunicación dispone de la plataforma “En TIC confío” para asesorar a las personas en su vida digital, incluyendo casos de este tipo.

Por supuesto, no se trata de defender los delitos cometidos por los protagonistas de este polémico hecho. Pero sí de alzar la voz para pedir respeto por su dignidad y un poquito de cordura a los “ciudadanos digitales” que frente a un computador parecen ser tan implacables como Hitler con los judíos. ¿O alguien se ha puesto en los zapatos de esta mujer y de su padre?

Columna publicada el 18 de junio de 2015 en el periódico El Mundo de Medellín.

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