La esperanza de la paz sigue viva

“Quienes decidieron volver a las armas, casos aislados que solo encontrarán una oportunidad si se abandona a esas bases, pretenden perpetuar una guerra que ya no se explica desde lo ideológico”.

En 2017, durante el proceso de dejación de armas, a los pocos días de la llegada de los guerrilleros a las llamadas Zonas Veredales y Puntos Transitorios de Normalización, vi a Jesús Santrich en un evento con el entonces Presidente, Juan Manuel Santos, en La Carmelita, vereda de Puerto Asís, Putumayo.

Santrich caminaba guiado por una mujer joven y lucía casi indefenso. Accedió a darme una entrevista corta, institucional, sobre un proyecto del Ministerio de Cultura que llevó Bibliotecas Públicas Móviles a las veredas que acogieron a los excombatientes. Quien fuera uno de los hombres más buscados de las FARC hace unos años, ahora estaba al lado del Presidente, conversaba con ministros, caminaba cerca de policías y miembros del Ejército. Era el año 2017, recordemos, y el suceso impactaba por su valor histórico y el símbolo que representaba. Al fin se había logrado que la guerrilla empezara un proceso de dejación de armas y de reintegración a la vida civil. Sus cabecillas, estaban ahí, desarmados, hablando de paz.

Casi dos años y medio después, la historia es distinta. Santrich, desde algún lugar que ubicaron en el Inírida, aparece armado al lado de Iván Márquez, firme, luciendo su particular ḥaṭṭah (pañuelo palestino) y con fusil al hombro, resuelto otra vez a la guerra. El camino político y sus dificultades, sumado a los procesos en su contra, que significaron su captura y posterior liberación, y los anuncios constantes de su posible extradición, le hicieron renunciar a los anhelos de construir paz, ya sin armas. En ese popular video replicado por todos los medios y conocido por todo el país, Romaña, El Paisa, Iván Márquez y él, anunciaron “la segunda Marquetalia”, como le llamaron a esta nueva fase de su supuesta lucha revolucionaria. Un hecho lamentable para un país de logros inconclusos.

Pero en la dejación de armas no solo conocí a Santrich, cuya mitomanía e hipocresía quedaron en evidencia, una vez más. Hablé e interactué con excombatientes cuyo anhelo real era empezar una nueva vida, lejos de las armas, cerca de los suyos, labrando la tierra, haciendo artesanías o aprendiendo algo nuevo para poder vivir de una manera distinta. Excombatientes que hacen parte de las bases del movimiento guerrillero y que vivieron con dramatismo los dolores de la guerra, desde otra orilla aún poco conocida.

Recuerdo a ‘Machito’, una guerrillera que validaba el colegio en el ETCR de Carrizal, en Remedios, Antioquia. Ella escribió una dolorosa historia sobre lo que es vivir un bombardeo y perder a sus compañeros ahí; ver sus cuerpos mutilados, destruidos, en la madrugada, y tenerlos que abandonar, sin más opción, para salvar su pellejo. También llega a mi mente, don Manuel, uno de los excombatientes que salió de la cárcel para unirse a sus compañeros y de Luz Dary, su abnegada esposa, quien lo acompañó no solo en la cárcel, sino también en el monte, donde ayudaba en labores varias por amor a su esposo. La motivación de don Manuel ya no era administrar el dinero de la guerrilla en su frente, sino construir un galpón para tener sus gallinas y venderlas, y seguir adelante con su taller de carpintería y ebanistería, en el que creaba desde una silla mecedora, hasta pequeños cuadros en madera.

Estos excombatientes no merecen que creamos que la paz fracasó y que pensemos, en automático, que por la iniciativa de unos reincidentes, la “guerrillerada” en su conjunto volverá a las armas. Muchas de estas personas ya tienen sueños e ilusiones renovadas. Ya no quieren una vida en el monte, alejados de los suyos. Quieren recomenzar su historia y, de paso, la de Colombia. Quieren leer y escribir, ser campesinos, estudiar, moverse tranquilos por un país que también les pertenece.

Ellos son la evidencia de que vale la pena seguir apostando por la paz, por el cumplimiento de los Acuerdos, y la construcción de un nuevo país. Quienes decidieron volver a las armas, casos aislados que solo encontrarán una oportunidad si se abandona a esas bases, pretenden perpetuar una guerra que ya no se explica desde lo ideológico, sino desde la mezquindad y la terquedad.

El reciente anuncio del consejero presidencial para la estabilización, Emilio Archila, de mantener en los llamados ETCR el abastecimiento y las provisiones básicas, es un pequeño pero importante paso en la dirección correcta, en este proceso de construcción de confianza y de paz.

Aún faltan muchas más apuestas para que esta paz no quede inacabada y los excombatientes no tengan ninguna tentación o incentivo para volver a la ilegalidad. El reto es inmenso y las autoridades locales que vamos a elegir próximamente jugarán un rol fundamental en la implementación de esa paz. Los discursos guerreristas ya no deberían tener cabida porque nos devolverían a un pasado doloroso del que ya conocemos sus consecuencias. La esperanza de la paz sigue viva. No la dejemos morir como hemos dejado morir a tantos compatriotas en una guerra entre hermanos.

Columna publicada originalmente en el periódico El Mundo de Medellín, el 12 de septiembre de 2019.

Fotografía del ETCR de Carrizal, en Remedios (Antioquia). Tomada por Johnatan Clavijo.

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